Ella fue de infancia callada, tímida, poco sonriente con los desconocidos. Nunca vio el rostro de quien se dijo su padre, y la crianza de la abuela fue suficiente para que un particular temor a lo desconocido -y a lo conocido- fueran su rúbrica ante el mundo.
De nombre común, cedió al sobrenombre por su voz de ave madrigal. En la hacienda henequenera donde nació, fue luz para enfermos y cobijo para niños y tías desvalidas, ansiosos todos de compañía y afecto como el suyo, en un marco de fatiga y desencanto.
Con los días, los planteles se apagaron, el sisal disminuyó. Cambió la tierra. Cambió el tiempo y sus viajantes. Llegada la pubertad a su vida, la ciudad decidió hacerla hija suya y, a pesar de la distancia y del desconocimiento entre ambas, se incluyeron en sueños mutuos.
Él vio nacer el mundo cinco años antes que ella. Jovial, inteligente, amable, apoyó a sus padres y a cada uno de sus nueve hermanos, regalando la sincera sonrisa, la palabra de aliento y el dinero para la casa. Y es que en la costa olvidada, los niños sabían que el mar y la sal que descansaba en sus entrañas era la vida que les esperaba.
Viento a favor, el árbol del tiempo le reservó otros planes. Un golpe de mar dejó fantasmas en las casas, soledad a los perros, silencio a las tardes. El mar lo despidió, no sin antes pactarle secretos y anhelos que juró guardar en su camino.
Ambos decidieron emprender el viaje, cada uno desde su realidad. Los dos, casi al mismo tiempo, con caminos de dolor bajo los pies. Los dos, en distintos frentes, con caminos de esperanza y sonrisas de emoción. Los dos, nobles y amables, con caminos que se encontraron un soleado día en la incipiente ciudad: caminos que se enlazaron para nunca más separarse. Éste es el encuentro de dos historias. Historias de vida y trabajo, de flora y fauna, de bondad y de nobleza, forjada la una de la sal, surgida la otra del henequén.
Del encuentro de estos caminos, del cruce de estas historias, nacimos mi hermana y yo.
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