Hoy cumplió cuarenta años doña Chela. Ella es la mujer más experimentada del grupo de bordado de Texán Palomeque. Persona pulcra, dedicada, con grandísimas habilidades para la costura y para la vida. Sin embargo, todas esas menciones no dejan a un lado la mejor de sus cualidades: la sencillez.
Madre de once hijos, le sobreviven nueve. "Uno de ellos murió al nacer", comenta. "El otro, el más grande de todos, tendría 23 años y sería un buen beisbolista." Ese otro murió de sarampión a los catorce meses de nacido. Los demás corren, gritan, saltan, juegan y hacen su tarea. Su esposo -un hijo más- llega a casa cada dos semanas y un plato de frijol caliente lo espera sobre la mesa el mismo día de cada mes.
En su onomástico, doña Chela cuenta pacientemente los puntos que hay que dejar para hacer un bordado ideal. Serena, metódica, capaz, realiza el cambio de hilo en el tergal, dando vida a una flor de vivos guindas. Y es que el cumpleaños de esta mujer ejemplar es sin celebraciones, ni mariachis, ni reuniones familiares. Hoy cumple años y ella es feliz por amar a cada uno de los hijos que le quedan, por esperar siempre al hombre que puntual llega el día prometido y por hacer lo que más le gusta: crear nuevos mundos sobre una tela, preferentemente de algodón.
Ella fue de infancia callada, tímida, poco sonriente con los desconocidos. Nunca vio el rostro de quien se dijo su padre, y la crianza de la abuela fue suficiente para que un particular temor a lo desconocido -y a lo conocido- fueran su rúbrica ante el mundo. De nombre común, cedió al sobrenombre por su voz de ave madrigal. En la hacienda henequenera donde nació, fue luz para enfermos y cobijo para niños y tías desvalidas, ansiosos todos de compañía y afecto como el suyo, en un marco de fatiga y desencanto. Con los días, los planteles se apagaron, el sisal disminuyó. Cambió la tierra. Cambió el tiempo y sus viajantes. Llegada la pubertad a su vida, la ciudad decidió hacerla hija suya y, a pesar de la distancia y del desconocimiento entre ambas, se incluyeron en sueños mutuos.
Él vio nacer el mundo cinco años antes que ella. Jovial, inteligente, amable, apoyó a sus padres y a cada uno de sus nueve hermanos, regalando la sincera sonrisa, la palabra de aliento y el dinero para la casa. Y es que en la costa olvidada, los niños sabían que el mar y la sal que descansaba en sus entrañas era la vida que les esperaba. Viento a favor, el árbol del tiempo le reservó otros planes. Un golpe de mar dejó fantasmas en las casas, soledad a los perros, silencio a las tardes. El mar lo despidió, no sin antes pactarle secretos y anhelos que juró guardar en su camino.
Ambos decidieron emprender el viaje, cada uno desde su realidad. Los dos, casi al mismo tiempo, con caminos de dolor bajo los pies. Los dos, en distintos frentes, con caminos de esperanza y sonrisas de emoción. Los dos, nobles y amables, con caminos que se encontraron un soleado día en la incipiente ciudad: caminos que se enlazaron para nunca más separarse. Éste es el encuentro de dos historias. Historias de vida y trabajo, de flora y fauna, de bondad y de nobleza, forjada la una de la sal, surgida la otra del henequén. Del encuentro de estos caminos, del cruce de estas historias, nacimos mi hermana y yo.
Hace unos cuatro mil quinientos millones de años, año más, año menos, una estrella enana escupió un planeta, que actualmente responde al nombre de Tierra. Hace unos cuatro mil doscientos millones de años, la primera célula bebió el caldo del mar, y le gustó, y se duplicó para tener a quien convidar el trago. Hace unos cuatro millones y pico de años, la mujer y el hombre, casi monos todavía, se alzaron sobre sus patas y se abrazaron, y por primera vez tuvieron la alegría y el pánico de verse, cara a cara, mientras estaban en eso. Hace unos cuatrocientos cincuenta mil años, la mujer y el hombre frotaron dos piedras y encendieron el primer fuego, que los ayudó a pelear contra el miedo y el frío. Hace unos trescientos mil años, la mujer y el hombre se dijeron las primeras palabras, y creyeron que podían entenderse. Y en eso estamos, todavía: queriendo ser dos, muertos de miedo, muertos de frío, buscando palabras.
Esta es una cordial bienvenida al espacio que he desarrollado para regocijo mío y espero que también sea para quien lo lea. Después de algunos apuros (luego de varios años, decido crear un blog), me parece que es tiempo necesario de organizar los contenidos que me ocupan y me han ocupado entre mis intereses. Noticias del mundo, viajes, naturaleza, sociedades, literatura y contemporaneidad, la comunicación con el mundo indómito entra por mis sentidos y regresará a él a mi manera, saludos.